14.6.10

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Pietro Ubaldi, o
Pensador do Terceiro
Milênio, o Apóstolo
de Cristo.




MENSAJE DE RESURRECCIÓN
(PASCUA DE 1932)

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De más allá del tiempo y del espacio llega mi voz. Es una voz universal que habla al mundo entero y permanece verdadera a través de los tiempos. La verdad no puede experimentar cambios si es vista por ésta o aquella nación, si es observada por una raza u otra, porque el alma es siempre la misma en todas partes, si se le examina en su profundidad.

Vengo a vosotros hoy, en la Pascua, sobre todo para iluminar y confortar, porque os encontráis sumergidos en una onda de dolor. La denomináis crisis y la imagináis crisis económica; yo, sin embargo, os digo que se trata de una crisis universal, crisis de todos vuestros valores morales, de todas vuestras grandezas. Es el desmoronamiento de todo un mundo milenario. Os digo que la crisis se encuentra principalmente en vuestras almas, crisis de fe, de orientación, de esperanzas. Es un vertiginoso momento de grandes maduraciones.

Os traigo esperanza, orientación, paz. A cada uno digo hoy la palabra de la verdad y del amor, palabra que ya no conocéis, para reconduciros a los orígenes milenarios de la fe con el intelecto nuevo, nacido de vuestra ciencia. En el día de la resurrección os repito la palabra de la resurrección, para que podáis comprender el dolor y superéis las estrechas fronteras de vuestra vida. Conmovido, hablo a cada uno en el sagrado silencio de su conciencia. ¡Oh tú que lees, aléjate, por un momento, de los inútiles ruidos del mundo y escucha! Yo soy espíritu y al espíritu hablo. Mi voz no te alcanzará a través de los sentidos, sino que a través de esta lectura la sentirás aflorar dentro de ti, en el lenguaje de tu personalidad. Mi voz no llega como todas las cosas, del exterior; pero surgirá en ti por caminos desconocidos, como cosa tuya, de la divina profundidad que en ti existe y en la cual también yo estoy.

El universo es infinito y vengo de lejos, atraído por tu dolor. Nada me atrae tanto como el dolor, porque solamente en él grande es el hombre, y se purifica y redime, dirigiéndose hacia destinos más elevados. Es triste que seáis así golpeados, pero sólo sufriendo, podéis comprender la realidad de la vida. Exulta, porque éste es el esfuerzo de tu resurrección. A quien sufre yo digo: “¡Coraje! Eres un decaído que en la sombra reconquista la grandeza perdida”. Es la justa reacción de la Ley que libremente transgredisteis y que exige el retorno al equilibrio; instrumento de ascensión, el dolor os señala el camino que extraviasteis, os obliga a reabrir vuestra alma, cerrada por las alegrías fáciles que desgraciadamente os ciegan, para que alcancéis júbilos más altos y verdaderos. El dolor es una fuerza que os obliga a reflexionar y a reencontrar en vosotros mismos la verdad olvidada. Es imposición de un nuevo progreso. Abraza con alegría ese gran trabajo que te llama a realizaciones más amplias. Si no fuese el dolor, ¿qué te forzaría a evolucionar hacia formas de vida y de felicidad más completas?

No te rebeles; por el contrario, ama el dolor. No es la venganza de un Dios, sino el esfuerzo que os es impuesto para otra conquista vuestra. No lo maldigas, pero apresúrate a pagar la deuda contraída por el abuso de libertad que Dios te dio para que fueras consciente. Bendice esa fuerza saludable que, superando las barreras humanas, sin distinción traspone todas las puertas, penetra lo que es secreto, golpea, manda, y se hace comprender por todos. Abraza el dolor, ámalo y él perderá su fuerza. Acepta la indispensable escuela de las ascensiones. Si te rebelas, tu fuerza no conseguirá nada contra un enemigo invisible y la más impetuosa violencia, en cambio, recaerá sobre ti de retorno.

¡Coraje! ¡Ama, perdona y resurge! No busquéis en los otros el origen de tu dolor, sino en ti mismo, y arrepiéntete. Recuerda que el dolor no es eterno, sino que es una prueba que dura hasta que se agote la causa que lo originó. Tu dolor es calculado y no irá “nunca” más allá de tus fuerzas. El mundo fue creado para la alegría y a ella volverá. Del otro margen de la vida, otras fuerzas velan por ti y te extienden los brazos, más ansiosas que tú por tu felicidad.

He hablado con el corazón al hombre de corazón. Hablaré ahora a la inteligencia.

Tenéis, oh hombres, la libertad de vuestras acciones, nunca la de sus consecuencias. Sois dueños de sembrar alegría o dolor en vuestro camino; no lo sois de alterar el orden de la vida. Podéis abusar, pero si abusáis, el dolor reprimirá el abuso. De cada uno de vuestros males, fuisteis vosotros mismos los que sembrasteis las causas.

El mayor error de vuestros tiempos es la ignorancia de la realidad moral, íntima orientación de la personalidad, que es el fundamento de la vida social.

El hombre de hoy se acerca a su semejante para sacarle algo, nunca para beneficiarlo. Vuestra civilización, que es económica, está basada en el principio del “do ut des”, que es la psicología del egoísmo. Es la fuerza económica rigiendo siempre al mundo. La psicología colectiva no es más que la suma orgánica de esas psicologías individuales. La riqueza se acumula donde la fuerza la atrae, y no donde la necesidad o las exigencias superiores la reclaman; no constituye un medio para una vida de justicia y de bien, sino un instrumento de poder y un fin en sí misma. La ley de equilibrio es constantemente violada e impone reacciones. No domináis la riqueza, conduciéndola a fines más elevados, es la riqueza la que os domina.

Trabajad, pero que la finalidad de vuestro trabajo no se reduzca sólo a provechos aislados y egoístas, sino a fructificar en el organismo social; sólo entonces se formará aquella psicología colectiva, que es la única base estable de la sociedad humana.

Haced el bien, pero recordad que el pobre no quiere tanto lo superfluo de vuestras riquezas sino, que bajéis hasta él, que participéis de su dolor y ¡ojalá!, que lo toméis para vosotros en su lugar. Venerad al pobre: él es el rico del mañana. Apiadaos del rico, que mañana será el pobre. Todas las posiciones tienden a invertirse para que el equilibrio permanezca constante. La riqueza tiende a la pobreza y la pobreza a la riqueza. ¡Ay de aquéllos que gozan! ¡Bienaventurados los que sufren! Esta es la Ley.

No confiéis en el mundo, que reirá con vosotros mientras tengáis fuerza y bienestar; confiad mejor en mí, que vengo cuando sufrís y os traigo auxilio y consuelo. Ya veis hoy que el dolor existe realmente y que ni el escepticismo ni ningún poder humano consiguen alejarlo.

Este es el cambio radical que debe operarse: que la vida no sea más un acto de conquista, donde triunfe el más fuerte o el más astuto, sino un acto de bondad y de sabiduría en que el más justo sea victorioso. Investigando con vuestra ciencia, encontraréis en lo íntimo de las cosas esa suprema Ley de equilibrio que os gobierna; aprenderéis que la bravura de la vida no está en violar esa Ley, sembrando para vosotros mismos reacciones de dolor, sino en seguirla, sembrando efectos de bien. Debéis también aprender que el vencedor no es el más fuerte – ése es un violador – sino el que sigue conscientemente el curso de las leyes, y sin violencia se equilibra en el seno de las fuerzas de la vida. Las religiones ya lo revelaron, pero no lo creísteis; la ciencia lo demostrará, y sin embargo no lo desearéis ver. El momento está maduro. ¡Ay de vosotros si, en esta victoria de civilización material en que vivís, deseáis aún perseverar en el nivel del bruto!

Está maduro el mundo, pero al mismo tiempo cansado de tentativas y experiencias, del insoluble enmarañado de vuestros convenimientos; cansado de vivir del momento, frente a un mañana repleto de incógnitas; mas quiere prever y resolver seriamente los grandes problemas de la vida, quiere mirar el futuro francamente, aunque ello reclame un gran coraje. El mundo tiene necesidad de la palabra sencilla y fuerte de la verdad y no de nuevas astucias que ruedan por viejos caminos. El mundo espera esa palabra con ansiedad, así como la aguarda el momento histórico. La psicología colectiva tiene el presentimiento confuso de un gran cambio de dirección; siente que el pensamiento humano, no más infantil, se apresta a tomar las riendas de la vida planetaria y que el hombre va a sustituir el equilibrio instintivo y ciego de las leyes biológicas por otro equilibrio, consciente y deseado. Por ello está buscando la luz, para que su poder no naufrague en el caos. Con el siglo terminará vuestra psicología experimental y será sustituida por la psicología intuitiva que llevará muy lejos a vuestra ciencia. Nuevos hombres divulgarán la verdad; ya no serán mártires cubiertos de sangre, ni se asemejarán a los anacoretas de otrora, sino hombres de concepto y de fe, que lanzarán el pensamiento utilizando modernísimos recursos, hombres que servirán de ejemplo en medio del torbellino de vuestra vida.

Despedazad la férrea jaula que el pasado construyó para vosotros y donde ya no os queda espacio. Osad abandonar los viejos caminos; pero no oséis locamente, donde no hay razón para osadías; osad en la dirección de lo Alto y nunca osaréis demasiado. Del gran mar de fuerzas latentes, que no percibís, una inmensa ola levantará al mundo.

¡Entretanto, tened fe! Vuestra crisis, si es profunda y dolorosa, hará, sin embargo, nacer el hombre nuevo del tercer milenio. Para resolverla, recordad que ella es mal de sustancia, que no se combate corrigiendo la forma, como tratáis de hacer. Para solucionarla es necesario que consideréis el problema en su sustancia; y su sustancia es el hombre, su psicología, su alma, donde se encuentra la motivación de sus acciones, la fuente original de los acontecimientos humanos. He ahí la clave del futuro.

Vuestro dos veces milenario ciclo de Civilización Cristiana está por agotarse; debéis retomarlo en un nivel más elevado, vivirlo más profundamente, no solamente creyendo, sino también “viendo”.

¡Ay de vosotros si después de haber alcanzado el dominio del planeta, no domináis la máquina, la riqueza y vuestras pasiones, con un espíritu puro!

Sois libres y podéis también retroceder. En el periodo que queda de este siglo se decidirá la suerte del tercer milenio. O vencer o morir: y la muerte esta vez, es la muerte peor, porque es la muerte del espíritu.

A todos yo digo: “Resurgid con mi resurrección”.

Tomado del Libro Grandes Mensajes de Pietro Ubaldi.